Y, punzante consonante. Y, siempre seguida de algo o alguien. También a veces seguida de angustia por no saber que escribir en la plaza vacante que deja su sola presencia en una frase.
Hace días topé con el compañero de mi Y en un rinconcito de la calle Sierra Nevada. Compró la plaza que aún había libre en mi compartimento, cuya adquisición le permitió disfrutar gratuitamente de un mapa roto y un ungüento para el dolor de espalda. Un tanto desorientado agradeció el mapa aunque sabía que nunca llegaría a entenderlo. Conservaba la vieja costumbre de encontrar su camino tras dar ocho vueltas en redondo. Mi Y, siempre atenta a las presencias contiguas, se sintió aliviada al conocerle puesto que las calles sevillanas son laberintos en los que uno solo no disfruta del arte del bien-perderse.
Una madrugada de Giralda lejana y bañera rebosante de agua, las dos consonantes se encontraron desnudas, haciéndose cosquillas, abrazadas, fracturándose costillas.
Viajar es perder más que païses.
El sur debajo nuestro, mi Y camina a solas. Viste la falda que me levantabas, la que se sonrojaba con cada tirón. La muy cobarde tiene miedo a deshilacharse así que no la pongo a lavar, no vaya a ser que a mi Y le de por penelopenizarse.