Abía una vez una cuentista cuya aspiración era dejar de serlo.
No tenía más que un bloc de ojas de papel reciclado y una pluma negra de capuchón erido, debido a sus malditos ataques de nervios. Tenía tambien muy mala suerte y un ectómetro de pena.
Le gustaba perder los papeles y tener los pies calientes al ir a dormir.
No le gustaba que se le atrancara la cremallera del abrigo ni sentirse prescindible.
Su nombre era Elena, sin hache. Nunca entendió por qué sus padres la bautizaron de este modo puesto que a su parecer era un nombre que se prestaba a confusión. Elena se escribía sin hache, sin embargo la gente se empeñaba en colocar esa inútil inicial delante de la E. Se abía pasado media vida aciendo incapié en la precisa prescindibilidad de esa letra muda y eso le abía echo ganarse el sobrenombre de “Elenasinhaché” todo junto y con acento final. No sólo abian cargado su nombre con una consonante que no era suya sinó que además la abian transformado en una persona aguda, por la e final. El mundo era cruel y la gente estúpida.
Elena desarrolló un odio tal acia la consonante maldita que decidió eliminarla de su vida tanto como pudo. Elena borró con típex todas las entradas del diccionario que empezaban por hache de modo que a su modo de ver y tomando su diccionario como referente cuando ella escribiera “emofilia”, “etereogeneo” “elado” etcétera no podría considerarse que estaba cometiendo faltas ortográficas.
Con el tiempo sus profesores aceptaron esta excentricidad. Sus amigos pensaron que de nuevo Elenasinhaché abía perdido el norte, cosa que aceptaban de buen grado. Sus padres simplemente no le icieron caso alguno, su ija siempre viviría en las nubes y puesto que allí las haches eran innecesarias no pensaban discutir con ella acerca del tema.
Sin embargo llegó él. Eráclito, un chico muy tozudo dispuesto a plantar una torre saetera en su ectómetro de pena.